Cómo empezó todo

Cómo empezó todo

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A veces me pregunto cómo habría sido mi vida si nunca hubiera venido a Barcelona. Quizás seguiría siendo la misma niña segura que vivía en Brasil, rodeada de palabras que entendía y personas que conocían mi forma de ser. Pero llegué aquí con catorce años y, de repente, todo cambió. No conocía el catalán, ni siquiera sabía realmente que existía. Recuerdo entrar en clase y escuchar conversaciones que parecían imposibles de entender. Me sentía perdida, invisible y cansada de intentar encajar en un lugar completamente nuevo. Durante mucho tiempo pensé que el problema era yo. Me costaba hablar, participar y hacer amigos. Mientras los demás parecían avanzar con normalidad, yo intentaba sobrevivir a cada día. Adaptarme no fue una aventura bonita como muchas personas imaginan cuando hablan de emigrar. Fue duro. Muy duro. Y aunque con el tiempo aprendí el idioma y empecé a sentirme parte de esta ciudad, todavía llevo dentro a aquella chica que llegaba a casa preguntándose si algún día sería suficiente. Cuando terminé la ESO y empecé el bachillerato científico, pensé que las cosas mejorarían. Siempre había tenido una pequeña ilusión por el mundo de la salud, especialmente por medicina. Me imaginaba ayudando a personas, trabajando en hospitales y sintiendo que mi trabajo tendría un impacto real en la vida de alguien. Pero el bachillerato se convirtió en uno de los momentos más difíciles de mi vida. La presión, las notas y el miedo constante a no llegar hicieron que mi sueño pareciera cada vez más lejano. Hubo semanas en las que quería estudiar medicina, otras en las que pensaba en enfermería, psicología o incluso algo completamente diferente, como ingeniería. Cambiaba de idea constantemente porque sentía miedo de equivocarme. Mientras muchas personas parecían tener claro su futuro, yo estaba intentando descubrir quién era realmente. Con el tiempo entendí que no todas las personas siguen el mismo camino. Algunas llegan antes y otras necesitan detenerse, cambiar de dirección y empezar otra vez. Por eso decidí hacer un grado superior de documentación y administración sanitaria después de bachillerato. Y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí calma. Descubrí que mi interés por la salud seguía ahí, más fuerte y más real que nunca. Ahora me imagino trabajando en un hospital, cuidando personas, acompañándolas en momentos difíciles y demostrando que la empatía también puede curar. La enfermería no representa solamente una profesión para mí; representa todo lo que he aprendido: resistir, adaptarme y seguir adelante incluso cuando siento miedo. Quizás mi historia no empezó de la manera más fácil, pero estoy orgullosa de la persona en la que me estoy convirtiendo. Porque si algo me define, es que nunca he dejado de intentarlo, incluso en los momentos en los que más perdida me sentía.
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